Ecos de un viejo trueno.

Por un milagro tu faz se desdibuja

en las arenas de este tiempo tempestuoso.

Todo me has quitado para devolverlo rebosante,

para verme enloquecer en la glacial distancia de tu gesto generoso.

 

Ya basta de jugar con este ratón muerto.

Ya basta de pisotear este jardín añejo.

Ya basta de rescatarme de la agonía y la desolación.

Al calor de mil soles templaste la lengua con la que ahora me hieres dulcemente.

 

Cuando la resolución del gran drama pendía de un hilo,

cuando la llaga comenzaba a cicatrizar sola

y el tormento se desvanecía en su magna ira,

allí estuviste para inyectarme esperanzas de incontables primaveras.

 

Cuando mis ojos se acostumbraron al opaco abismo,

extendiste tus brazos hacia mi.

Para que en ellos escalara hasta las cimas coronadas de tus labios

y así solo los destellos de tus ojos reinaran sobre mi faz.

 

Luego de tu amanecer deposité mi corazón fuera de su templo,

y con cuidado lo guardé tres veces para esperar a que lo abras.

El vacío y el silencio corren ahora por mis venas

y cuando a los tumbos voy por el monte, no hay estrellas, ni luna, ni horizontes.

 

Es así como te ofrecí todo y no fue suficiente.

Es así como se sacrifica el hermano que reconociste en mi mirada.

Es así como se despedaza este amigo incondicional:

encontrando y abandonando, prohibiendo y otorgando,

dándome victoria antes que la libertad en la total derrota.

 

He aquí mi alma encadenada

a la proa de este amor no correspondido.

Un navío imponente que resiste a toda costa la histeria de la tormenta.     

 

MFS